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„Immer ist es so gewesen und wird immer so sein, daß die Zeit und die Welt, das Geld und die Macht den Kleinen und Flachen gehört, und den andern, den eigentlichen Menschen, gehört nichts. Nichts als der Tod." / "Siempre ha sido así y así siempre será, que el tiempo y el mundo, el dinero y el poder pertenecen a los mediocres y superficiales, y a los otros, a los verdaderos hombres no les pertenece nada. Nada más que la muerte"

Hermann Hesse



Cuentos


Me dan miedo los intelectuales
INTERLUDIOS (Textos concebidos luego de un ejercicio catartico y ojos cerrados, para ser leídos con voz fuerte hardcore, como auténticos rapsodas del siglo XXI

INDICE

Interludio I
Interludio II
Interludio VI




I

Ahora empieza el silencio que ayer esperabas entonar la tos para dar gritos hoy no solamente carraspear las voces y escupir el verso que cae sobre la calle sino alzar los brazos o la frente hasta la poca luz del foco y respirar que las horas están aquí para quedarse entre los libros y los polvos que se alzaron de la alfombra cuando pasó el espíritu tan rápido como aquél grito.
No son tan altos los cipreses como lo es la noche que la muda lumbre no solamente tiembla sobre una vela flotante en medio de la sala y atrás de la cortina bien sabemos que la luz aguarda porque era blanca la cortina y ahora es amarilla.
Y allá qué es un puerto de adioses a la orilla de la ciudad sobre el viejo muelle se arrastran los caracoles y los muertos esperan en el mar antes que la lluvia donde estaba el cielo ahora están los lagos pero no sé si árboles me miran a su sombra aunque el calor está para mentar la madre y a ver el día que venga una ave de la alcantarilla y una vez la altura de un bostezo va a alcanzar la madrugada antes que duermas...


II

Por entender las tardes sentarse sobre ellas a pasar las horas ya no estamos al borde de la luz que pasaba por un estrecho entre los árboles y el claro en el bosque no fue la vida o el lobo sino un búho que dijo su discurso toda la noche porque nada en las piedras crece y todo muere debajo de la raíz de las higueras que no dan fruto por tener ojos con qué morder recuerdos y parir los años de estar andando la vida sobre los bulevares y las calles que nada más de noche existen y devorarnos cuando estemos gordos de alegría pues el rubor de las muchachas es una bofetada o dos carcajadas encendidas.
Es la espalda de Dios todo lo que no vemos pero sabes que no puedes pasar aunque blasfemes y reniegues de tus manos que la tocaron o tus labios que dijeron maldiciones y plegarias cuando eras niño que las lunas debajo del cristal que pisabas parecían lejanas pero tus pies estaban descalzos y tanto frío hacía en las noches y tus pies descalzos no encontraron un remedio salvo que la abuela te cubriera el pecho con papel periódico pero la tos de madrugada no significaba que supieras que decías verdades aunque ya las conocías dormido pero no sabías que Dios tenía espalda de fuego sino que una vez tuviste que esperar despierto a que sangrando el cielo se iluminara poco a poco el mundo.



VI

Acá escondimos a la Puta que enseñó a persignarte con los dedos en el culo ya pedís misericordia por las bocas que no comieron de tu verga preferiste hallarlos en esquinas de las casas y robarles sus limosnas ya no vale qué te importa cuando sabes que el cielo es encontrar la forma de vestir de negro entre un pueblo de idiotas y que no te jodan o de blanco para andar sobre la espalda de repúblicas e imperios y no digas que prefieres morir solo cuando todo el mundo sabe que a tu muerte llorarán los gobernantes ya ni modo si hemos de postrarnos a final de cuentas yo no escojo la Plaza de San Pedro ni la cama donde duermen tus emputecidos mártires prefiero hallar la forma de morir eyaculando sobre la maldita imagen de tu reino augusto chapado en oro de los pobres y de moros y de llantos.
INDICE



I .-La gata de mi madre - II.-No lo sé

III.-No seas poeta - IV.-Anoche, en las paredes...

V.-Y soy, sin embargo... - VI.-Única patria

VII.-En algún lugar



I .-La gata de mi madre

La gata me dijo mieeaaouuu
y yo entendí sus palabras.
Tengo sueño, me decía,
y formaba una espiral decadente
con su cabeza y su cuello y su espalda,
digo que se restregaba cuan larga y gris
era ella sobre el sofá.
Afuera, el azul oscuro y lluvioso de la tarde
cantó un solemne shshshshsh
durante largas horas,
y cuando al fin cesó, lo supe:
el aroma de tocino al fuego
me despertaría por la mañana,
la gata buscaría comida,
y mi madre, alegre, puesta al sol,
me gritaría desde afuera:
¿sacaste la basura?


II.-No lo sé

No sé qué serás,
si fuego apacible o llama de una vela
o el humo de algún sol no lo sé,
si piedra de barro o carbón
o el polvo que lloran los muertos
o la sombra de un dios que pasa
o el bostezo de la noche
que sopla sobre horas mancas no sé,
si mi ojera o un sueño,
o mi párpado infectado de lágrimas
o el frío que me da en los labios no lo sé,

pero tengo la inocente idea
de que seas solamente una mirada
que se oculta en los lugares huecos de la tarde.


III.-No seas poeta

No seas poeta
para que la vida no sea tan compleja.
Sé una persona llana y simple:
un usuario del metro,
un agente de seguridad,
un contador, un pendejo,
un empleado cualquiera,
sé un buen ciudadano,
un mentiroso, un vendedor,
un conductor del noticiero
de las seis...
sé lo que sea,
pero no seas poeta
para que no mueras de palabras.


IV.-Anoche, en las paredes...

Anoche, en las paredes blancas,
hay tristeza y humedad,
pesadez sobre los negros párpados
del cielo,
vaga añoranza en el vidrio
de tus ojos.
Por las lluviosas calles
de mi cuarto
se pasea una desgraciada
soledad
(amargo luto
por el polvo y las piedras
que mueren desde ayer).
Se posa un triste letargo
en la ventana,
en los rostros de caoba
que te miran sin ojos,
en el declive de las horas
—hermosura del silencio—
en tus párpados heridos
de llanto y desvelo,
en la oscuridad de tu voz,
en la soledad de tu espalda y tus manos,
en tu piel.


V.-Y soy, sin embargo...

No soy más que un yo
barbado y casi alegre
que atentamente espera
el beso rosado de la tarde
en las amarillas nubes
que se esparcen en jirones
por todo el cielo como una procesión;
esa tarde que inclina la frente
casi despejada y fría
sobre sus últimas horas.
Ése yo ajeno, insoportable,
desnudo,
desnudo como el aire
y la voz que nadie se atreve a mirar
porque están desnudos,
y ajeno como esa hierba
que viene desde las estrías
de la calle,
que se abre paso entre las piedras
y permanece apartada de todo,
milagrosamente verde:
vástago que no ha de madurar,


sofocado bajo el sol de mediodía,
pensativo y quieto
¡no soy más!

Y soy, sin embargo,
ese oscuro trazo
que se anda por los vientos
(entre las carnes de todos,
entre los días, las horas)
que se eleva a Dios en las noches
y desciende luego
—espesa bruma—
en las mañanas sin sol.


VI.-Única patria

Mi única patria es el territorio de tu piel
que no construye fronteras contra mis manos,
ni levanta muros,
ni pone atalayas en los lugares altos
de tu cuerpo.
Mi única patria es aquel lugar misterioso entre tus piernas
donde me escondo.
Mi única patria es tu vientre en que duermo
como un inocente,
mi única patria son tus senos blancos donde despierto
a cada rato,
mi única patria son tus manos, desde luego:
único lugar donde no soy un extranjero.


VII.-En algún lugar

En algún lugar de la tarde,
entre el viento y las horas,
hemos de encontrar a Dios.

Me he puesto a observar el cielo

Me he puesto a observar el cielo a las seis de la mañana, cuando se le ve oscuro, casi azul, como cubierto por el viento que le tiende una gasa sobre las nubes. Pero como a las siete, cuando me da por entrarme a algún café o a algún lugar, el cielo se pone a sangrar rosadamente por todos lados, hasta que dan las nueve…
Hace tiempo

Hace tiempo que no hallas mi cuerpo al borde del camino: he aprendido de los gatos a esquivar la muerte, a trepar los techos. De las arañas he aprendido a tejer sueños que no se lleva el aire, de los perros aprendí a orinar en las esquinas, de las palomas aprendí a cagarme encima de la gente, de las nubes aprendí a permanecer durante siglos en una sola tarde...Hace tiempo que no levantas de la tierra mis ojos, mi intestino sangrante, mi cabeza muda, y hace tanto tiempo que no caes de rodillas sobre mi nombre, llorando
DECLARACIÓN DEFINITIVA
Y puedo quedarme a tu lado ya no importa cómo: lánguido y frío como el encuentro de ésos dos que alguna vez se amaron... lento y misterioso como la luna que se hace piedra en medio de la mañana blanca, qué importa cómo. Si tenerte es todo lo que quiero no me importa si es de a poco, por temporadas por quincena o por amor, a cada rato, a cada fugaz vistazo o en cada sueño que busque una cualquier excusa para envolverte en bostezos de paz, en descansadas horas de silencio. Porque la espiritual caída de tu pelo abre una cortina a la mitad de tu rostro y me pregunto: ¿acaso no la he querido siempre? Y es tu boca lo bastante viva para acercarme a tus besos a resucitar de vez en cuando, pero me conmuevo hasta las lágrimas, como en aquélla solitaria muerte del sol en el principio, cuando veo que, a pesar de todo, puedo guardar tu boca en el hueco oscuro de mi mano, y esperar que el tiempo, muro inquebrantable, constante rumor de los hombres, hueco de silencio, piedra de sal, tela de arañas, polvo en los rincones, maldición de Dios...! esperar que el tiempo nos guarde al fin en su secreto, entre las piedras que se lleva octubre calle abajo, en recuerdos nublados que desciendan inadvertidos sobre el escándalo de las multitudes, de la ciudad por supuesto, o de allá en el pasto a la orilla del Lago de Guadalupe; esperar que el mundo se derrumbe sobre nuestros huesos, y olvidarlo todo cuando ya todo se haya olvidado de nosotros; y, que Dios lo quiera, nos convirtamos en el no me acuerdo de la gente, en la canción que ya nadie canta porque ya no suena en la radio, en la frase que ya nadie repite salvo los viejos que a nadie le importan, o en el grito de Dios que casi nadie escucha. Pues si quererte es todo lo que tengo, amor, ya nada pido y nada tengo en mayor estima que tus brazos, y todo aquello que no tengo no lo quiero, y nada que yo tenga es mío porque todo lo que tengo es nada más quererte, y nada más puedo quererte ya porque te quise toda y tengo ganas de quererte hasta donde no te quiera más, y aún entonces ¡ay, aún entonces! rogarás a Dios que me guarde en el abismo de Su boca, y tu llanto será la ofrenda, y esperaremos otra vez, como siempre, a que la noche caiga de rodillas sobre la tierra, o que quizás la muerte, al fin, caiga sobre nuestro nombre como el crepúsculo cae, sangrante, sobre las aguas.
Llorar

Llorar es pesado como el sueño. El llanto no hay que echárselo a la espalda porque quiebra los huesos; el llanto hay que echárselo al estómago, soportarlo como a cualquier dolor; hay que dejar que suba y nos inflame la garganta, hay que dejar que nos provoque náuseas... Entonces, hay que vomitarlo todo, todo el llanto vomitarlo, todo el día, hasta que se convierta en canto.
Esos nidos de la tarde

En ésos nidos que teje la tarde para no existir, para no asomarse a ese tedio blanco del tiempo en que todo muere eventualmente, me puse a buscar a Dios como un ciego (a tientas, a oídas, a mordidas he buscado a Dios); y juro que una vez logré sentir el grueso relieve de sus labios, que se abrían para bostezar...

De pie a la madrugada

A la una treinta de la madrugada descendió la temperatura de manera considerable; se me helaron los pies. Llegué a mi casa conducido por un bostezo que me habría tumbado sobre la cama; me detuve ante la puerta de madera oscura y crujiente, y antes de entrar, sin darme cuenta al tiempo, lo supe: dentro de la casa, en el techo, en los rincones empolvados, las arañas me esperaban despiertas.

Del día a la ciudad
Se hace la mañana lentamente, tan lento como se hace el tiempo a cada rato. El frío mana desde los muertos. Todavía se ve la estampa débil de la luna, y el sangrado triste de la aurora se esparce por las nubes, amontonadas sobre los edificios más altos. Todavía hay esquinas en la calle que se acuerdan de las tres de la mañana; todavía está el puente de anoche, todavía está el mundo. Pero uno sabe que es de día cuando el silencio de hace rato se tropieza con un trepidar de suelos, y rompe contra un estridente concierto de voces y motores. Entonces desciende la mañana sobre el semáforo, sobre el festival de las avenidas, sobre toda marcha de zapatos, sobre todo clamor de autobuses y bostezos de humo… y aún entonces uno sabe que la mañana no es tan cierta como el tráfico, por donde el tiempo no pasa, pero pasan las horas.
Algo sobre estética

A pesar de su olor la encontré hermosa, sobre la tierra en el parque la encontré, y sobre el parque, recién, había caído la lluvia. De modo que las hojas caían brillando de humedad, doradas y ocres. Y el viento me llevó entre olores de eucalipto y tierra mojada, y yo miraba el suelo como buscando mi sombra, y fue entonces que la vi: tan hermosa, tan ocre y brillante, tan del bosque ¡tan grande…! Y he aquí que no era menos hermosa que la hojarasca resplandeciente que se esparcía debajo de ella; y era como un puño de miel oscurecida, como un montón de leña recién quitada del fuego, como un nudo de barro mezclado con ámbar.
Sin embargo, me vino al rostro un aroma pestilente que me golpeó como un reclamo, como una bofetada del viento; y delante de él huyeron todos los olores: el eucalipto, la tierra, la hierba... Y a pesar de todo, me incliné un poco todavía sobre la tierra para observar mejor aquella forma que me había enamorado, y movido por un espíritu que salta sobre toda forma que contiene belleza en sí, hice descender mi mano sobre aquel fruto nacido de la tierra, y he aquí que su consistencia era cenagosa y cálida, y su aroma era como el aliento de los sepulcros, como los gases que manan de los muertos.
Y de cierto lo digo ahora: ha de ser ya un poco tarde para arrepentirme de haber disfrutado la belleza de aquel mojón pestilente, cubierto por el rocío de la tarde; sin embargo, ya que lo pienso, no me importaría ensuciarme otra vez las manos de mierda con tal de tener nuevamente ese momento incomparable en que pude contemplar La Belleza en sí misma, libre de los fantasmas del prejuicio y la falsa moral, o, si se prefiere, de la higiene.

Me dan miedo los intelectuales

Me dan miedo los intelectuales. A mi juicio, son como retratos. Observarles provoca en mí la sensación de que están mirándome, atentos a todo lo que se mueve en mí: el sudor de mis manos, mi trago de saliva, los nervios pues. Y de pronto ¡zas! se mueve la imagen: le da un trago a su taza de café, o le da una fumada a su cigarro, o se acomoda los lentes; y sus ojos se vuelven a posar en mí. Entonces sí, aquí es donde me carga la chingada, porque sus ojos son inescrutables, impenetrables. Ahí está esa mirada odiosa que lo sabe todo, ahí la presencia antipática, erudita, librepensadora e intelectualoide, y eso que sus labios aún no se han abierto más que pa’ tomar café o darle el golpe al cigarrito. Eso sí, más vale seguirlos imaginando como los imaginé al principio, como retratos, ahí quietecitos por favor, ahí nomás, pintados, míralos, qué bonitos se ven ¡hasta da gusto! Pero no. He de abrir mi bocota, he de invitar al retrato a que cobre vida, a que termine devorándome y quitándose mis restos de entre sus dientes con un palillo, si es que alguien lo insinúa: tienes un poco de mierda entre los dientes.
En fin, mea culpa, yo por preguntar, yo por sentirme suficiente, por querer enfrentar mis temores. ¡Nada, nada! Puras patrañas ¡Cómo se me ocurre! Si ellos lo saben todo, carajo… ¡todo! Se les satura la mente de conocimientos, la boca se les atasca de vocabulario rebuscado y muy ambiguo y muy… pues muy acá. Y que cualquier sinvergüenza como yo se les ponga al tú por tú, está algo difícil. Ahora bien, un verdadero sin-vergüenza no soy, porque la mera verdad vergüenza sí me da, o sí tengo pues, y más cuando estoy ahí parado frente al intelectual, quien rebosa de discernimientos y los expone elocuentemente en sus interminables bla, bla, bla; ahí yo, paradote, calladote, y el resto del mundo interpretando mi silencio como suele interpretarse el silencio de los tontos, a la manera de éste ni sabe nada, éste ni entiende. Bien, no me importa demasiado, por lo menos los tontos todavía tenemos la oportunidad de aprender algo, sin embargo el intelectual es Dios, y a ver ahora quién le enseña. Total, serán omniscientes, pero no invencibles. Pueden de hecho ser admirados (admirables) genios, maestros, muy letrados, muy cultivos —cultivados pues, al caso sigue siendo lo mismo—; yo nomás sé que a mí, a mí me dan miedo los intelectuales.

El vómito

Le invadió una náusea insufrible. Tosía secamente, arrojando —de pronto— espumarajos verdosos y sangrantes, y de pronto costras, pellejos de quién sabe qué cosa. Lo doblegaba el asco, balbucía. Le ahogaba el aire mismo que respiraba: pesado y sofocante. En su afán por respirar hondamente, lograba sólo llenar sus pulmones de más mucosa y sangre. ¿Qué podía aliviarle? Lloraba de tristeza y de náuseas, y, al fin, siendo tanta la asfixia, se arrojó al suelo y comenzó a vomitar brutalmente; vomitaba de veras, lo echaba todo: la ilusión, la esperanza, los sueños, la alegría... la vida. Después de largo rato de aquel interminable tormento, dejó de vomitar. Su semblante era inexpresivo y lánguido, su piel delgada y rugosa, y sus huesos débiles. Se incorporó pues, no sin dificultad, y permaneció en aquella postura patética y lastimosa. Decidió, entonces, no volver a probar jamás todas esas cosas que antes había encontrado apetecibles y exquisitas, pero que ahora había desechado en forma de trozos putrefactos, de cuyas estrías rosadas escurría un líquido baboso amarillento.
Y de aquel vómito emana ahora, como cálido vapor de aguas, un espeso hedor inaguantable.



Debo decir del cuanto de mi amigo una cosa, cuando terminé de leerlo me vino a la mente un pensamiento que desdeluego no quise agregar al texto por parecerme prostitución y que sin embargo de alguna forma debía expresar, así que lo escribí al final como un agravio al cuento que se disculpa pero niega su inminencia.

Texto final pensado: Por fin, aquel hombre de vida agreste y pueblerina, sabía lo que era la ciudad.
Declaraciones acerca de las putas


Porque de cierto os digo que las putas no son la misma cosa que las mujeres fáciles; las putas son complicadas, son imposibles si quieren, son más caras de noche o en quincena; las putas ponen precio a sus nalgas pero las mujeres fáciles regalan el coño a cualquier pendejo, las mujeres fáciles no se preocupan de nada, no saben andar de noche ni perderse entre las multitudes; las putas llevan a sus niños a la escuela, compran el pan, pagan la renta, las putas andan por el mundo disfrazadas, nadie las conoce bien si no es de noche, si no es en el callejón donde se jalan vergas por ochenta pesos; las putas andan en las tardes entre todos, con pantalones de mezclilla y blusas abotonadas, y nadie las mira ni las desea ni las toca, pero a las mujeres fáciles les mete uno la mano entre las piernas tranquilamente, porque sus conchas saludan la mano de cualquier extraño, y todo el tiempo están mojadas, y el frío y la soledad no pasan por sus nalgas. Las mujeres fáciles reciben la verga de todos y el amor de ninguno, pero se dice que las putas pueden enamorar a cualquiera aunque sus tetas sean flácidas y sus pezones rancios. Las putas no saben contar pero saben de memoria el color de los billetes; no conocen, seguramente, la dignidad, pero tampoco el rencor si se les paga bien. No les estorban la vergüenza ni las buenas costumbres, se tiran pedos mientras se las cogen y les vale madre, y cagan desnudas con la puerta abierta ante el cliente sumido en la derrota de sus principios morales, desnudo sobre una cama que huele a mierda y conserva la blanca aspereza de quienes se rindieron antes que él sobre ella...
De cierto, de cierto os digo: amarga es la miel de las putas, agria como el sudor, espesa como la conciencia de la muerte, como el presentimiento del adiós irremediable; amarga es la piel de las putas como la sal de las piedras, como una lágrima, como un bolero que se quedó encerrado en la cantina, cautivo de sus notas tristes mezcladas al polvo que atravesaba la luz de la tarde; amarga es la hiel de las putas (valga la obviedad válgame madre) y amargas son sus contadas alegrías: risas de año nuevo, fiesta en el barrio, la cena en casa de la abuela, el dinero en el bolso, el orgasmo tardío... amargo es su vientre, oscuro y cenagoso el arbusto de su pubis, fría y pestilente la cueva de sus olores. Las putas, en fin, son un llanto de jadeos y placeres de cama, un llorar en cada esquina de la noche, un ruego encerrado en la neblina de invierno, oculto detrás del escote y las tetas grandes y la sonrisa constante, un andar oscuro y pesado que se anuncia a cada golpe del tacón, un bostezo de humo que les cubre la mirada para siempre...
Poesía en prosa


Me dan miedo los intelectuales
El solitario
Declaraciones acerca de las putas
El vómito
Del día a la ciudad
De pie a la madrugada
Esos nidos de la tarde
Llorar
Declaración definitiva
Hace tiempo
Me he puesto a observar el cielo
Algo sobre estética
El solitario


Poco a poco, ligeramente, el cielo está aclarando: sus nubes, surcadas por los dedos lánguidos del viento, sangran y se derraman infinitamente... su menarca no es tardía sino pronta y oportuna. Las personas apenas andan, apenas recurren a las calles. La oscuridad apenas va disipándose, sin prisa alguna. El aire frío vuela por toda la avenida gris. Un muchacho duerme en la esquina y se acurruca debajo del enorme cartón que le cubre desde la cabeza; los periódicos que le taparon los pies durante la noche se han roto. (Sus pies son sucios como un cielo sucio y gris de invierno, sus talones duros y agrietados como la tierra seca de la tarde; sus plantas son negras y sangrantes, arrugadas como el rostro de los árboles).
Los minutos van quedándose atorados entre las ramas de los árboles, entre las hojas; luego caen junto con ellas y se mezclan con el polvo y las piedras, mientras uno los va pisando al caminar, o los patea sin querer. La señora que vende tamales ya se prepara, ya va acomodando los panes sobre el mantel a cuadros rojos y blancos que cubre la pequeña mesa; el atole está caliente y espeso, Hay de arroz y de cajeta, dice. Un triángulo de aves grises y blancas va cruzando el cielo que ya se empieza a ver, más que rosado, amarillo y luminoso; las nubes ya no sangran, pero han quedado como cicatrices blancuzcas, flotando por encima y más allá del frío de la mañana...
Lejanamente, como en un sueño, se escuchan los ligeros pasos de quien se acerca a la esquina de la calle. (¿Quién escucha sus pasos sino las ratas que andan debajo de todo, ocultas?). Los carros y los perros recorren la ciudad: los unos gritan su agonía, su humo, y los otros callan, o comen, o se acuestan en las banquetas. Pero el que anda solo se pasea por las calles con su paso triste y dormido. Las personas que se apresuran a su alrededor —a sus lados— van transformándose, por su rapidez, en una espesa y remolineante bruma de colores: ropa, rostros, brazos, espaldas, nucas, manos, sonrisas... gente, las personas han llegado a esa hora precisa del día, a ese momento en que se convierten en gente.
Pero ahí va el solitario, con sus zapatos suaves como la hierba, abrigo largo y sombrero negro: trazo oscuro que surca las calles. Cruza las avenidas, toma el café en cualquier parte, compra el periódico en todos lados, se sienta en la banca gélida del parque, se fuma un cigarro o dos: anda en la calle y no sale de ella...


Luego entra, Buenos días, en la oficina. La calle lo observa desde afuera: se asoma a la ventana y lo ve ahí agazapado en su escritorio, pensativo, absorto; lo mira y le arroja destellos de día y de sol (han de ser las doce ya, o las once y media); el nocturno número nueve de Chopin suena en su mente. La oficina es pequeña y a veces calurosa. Las secretarias huyen de los escritorios con las manos cargadas de bultos de papel: hojas, folders, volantes... Todo se mueve lentamente, como una ilusión: el chorro de café que se vierte —humeante y espeso— en el vaso de unicel, parece suspendido en el aire; los pies de todos dan pasos flotantes y pesados; los rostros, las sonrisas se deforman a cada gesto; las voces son un estruendo oscuro y diabólico.... Cuán rodeado de personas, de miradas, de amabilidades, y sin embargo (¡Dios!) qué insoportable soledad la suya. Guarda el rostro entre sus manos tristes, y se pone a llorar amargamente.


El viento agresivo y fuerte va arrastrando al mediodía hasta el fin del mundo, y ya no queda sol ni azul de cielo; quedan en su lugar las monstruosas nubes grises y oscuras, y la lluvia que forma lagunas en el suelo. Una mirada vuela en el cielo observando las azoteas, los tendederos cargados de ropa que la lluvia está mojando, los carros cubiertos de gotas de agua; y los paraguas negros —que son multitud— marchan como una procesión. Las gotas de lluvia se hacen espesas y blancas, pesadas como sueños y frías como la tarde misma; caen sobre las ventanas de las casas, las llenan de ese brillo blanco; al edificio aquél, enorme y cubierto de cristal, también lo envuelve el mismo brillo.
El solitario va y sale del gran edificio con su abrigo largo y negro, y su sombrero nevado, viejo; la bufanda a rayas rojas y grises le cubre los labios que tiemblan; sus ventanas nasales se abren y cierran nerviosamente; sus mejillas están irritadas de frío... sus párpados tiemblan, y sus ojos llevan ese brillo sollozante a todas partes. Se le hunde el paso en el camino largo y blanco. Va con los puños cerrados debajo de su abrigo. La vaga luminosidad que había en la tarde se ha ido disipando tranquilamente; la gente ha escapado ante el terror por el rocío, como la oscuridad huye delante del fuego. Un blanco fulgor se ha apoderado de las avenidas, ha cubiertos los edificios. (Es la luna que estuvo lloviendo desde hace rato). La noche es la más negra del mundo, y el solitario camina sobre su soledad, llorando...
Elías Adbeel Muñoz (Poeta)

Aun a pesar de que en este bananero país diez personas leen poesía, este chico aventurado arriesga la convicción y toma la pluma y el papel... y escribe cosas bellas; Por que acaso la poesía no es para eso, para ser simple y sencillamente, que no hay nada que explicar a nadie, excepto a nuestra alma misma. El regocijo de ver los versos formarse y ya sin querer llamar a la lágrima que da sentido a la vida, bueno pues este amigo entrañable que dice convencido "... me dan miedo los intelectuales" hace eso, de las letras un arte a veces (muchas) olvidado.

Hace ya casi cuatro siglos, un monje alemán llamado a si mismo Angelus Silesius expresó una de las frases más bellas jamás concebidas y que viene muy al respecto con cualquiera que se reconozca como esteta.

"La rosa sin porqué florece porque florece"

„Die Rose ist ohne warum; sie blühet weil sie blühet"


Tomado de "Siete noches", de Jorge Luis Borges, Tierra Firme, pág. 121
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